Desde el colegio, como niñas, nos enseñan que el cuerpo es un objeto sagrado... que debe ser cuidado, cubierto, disciplinado, porque puede ser fuente de pecado. Entre la pureza y la culpa, crecemos preguntándonos si habitar nuestra propia carne es un privilegio o una condena. La forma en que comprendemos lo carnal, lo profano, nuestros propios límites, se convierte en materia de juicio constante —por el entorno, por la sociedad, por nosotras mismas—. Así aprendemos a bajar la voz, a caminar con recato; como si cada gesto de libertad pudiera fracturar la moral propia o condenarnos al destierro: de la comunidad, de la familia, de lo aceptable.


Con el tiempo descubrimos que no existe una única manera de vivir la fe ni de comprender lo sagrado. Hay quienes encuentran en la religión un refugio, amor, comunidad, sentido a la existencia. Otros sienten que ese mismo espacio los asfixia o los condena. El cuerpo —lo carnal, lo profano— se transforma en un frente de batalla, donde chocan interpretaciones sobre lo que creemos, sentimos, hacemos.


Hemos visto cuerpos venerados y cuerpos silenciados. Cuerpos cubiertos por respeto, otros expuestos por devoción, otros mutilados por adoración. ¿En qué momento la fe se convierte en control? La historia nos enseña que el poder no solo reprime: también produce verdades, moldea cuerpos, inscribe en la carne sus mandatos. La religión, entonces, no sólo dicta qué es profano o moral; también construye estas categorías, las institucionaliza y nos enseña a interiorizarlas. Y esa vigilancia no viene solo de arriba: la reproducimos en cada mirada de censura, en cada silencio heredado, en cada norma familiar que naturalizamos


Y he aquí una reflexión: lo divino no habita en la negación del cuerpo, sino en la forma en que lo reconocemos, lo habitamos y lo defendemos con dignidad. Mi cuerpo no es altar ni prisión: es autonomía, historia, y decisión.


Hablar del cuerpo es hablar de libertad. Y la libertad, lejos de oponerse a la fe, puede ser su expresión más divina. Porque lo espiritual debería expandirnos, no encadenarnos. Quizás el verdadero acto de fe no sea renunciar a lo que somos, sino reconciliarnos con nuestra piel y comprender que lo divino no necesita someternos para tener sentido.