Las mutilaciones genitales justificadas en lo religioso en África
A lo largo de la historia, el cuerpo ha sido interpretado como un espacio donde se manifiestan tanto lo sagrado como lo profano. En muchas religiones, el cuerpo femenino ha ocupado un lugar central en las narrativas de pureza, moralidad y control. En el contexto africano, las mutilaciones genitales femeninas (MGF) representan una de las prácticas más radicales de esa intersección entre lo religioso y lo cultural. Aunque a menudo son presentadas como ritos de purificación o de obediencia a mandatos divinos, las MGF reflejan, en realidad, sistemas de poder que buscan regular la sexualidad femenina y asegurar la subordinación social de las mujeres.
Esta práctica, vigente en países como Somalia, Sudán, Egipto, Etiopía o Mali, no puede entenderse únicamente desde una perspectiva religiosa; requiere analizar su dimensión cultural, histórica y política. Como señala Foucault (1976), “el cuerpo es una superficie donde el poder escribe sus leyes”. En ese sentido, el cuerpo femenino se convierte en el terreno donde las instituciones religiosas, las normas comunitarias y los discursos patriarcales imponen su autoridad.
Las mutilaciones genitales femeninas consisten en la alteración o lesión de los órganos genitales externos por motivos no médicos, con el fin de “purificar” el cuerpo o preparar a la mujer para el matrimonio. La Organización Mundial de la Salud (OMS, 2024) estima que más de 200 millones de niñas y mujeres en África, Oriente Medio y Asia han sido sometidas a algún tipo de mutilación genital.
Aunque no existe en los textos sagrados del islam ni del cristianismo una orden explícita que la respalde, la práctica ha sido revestida de significados religiosos. En comunidades musulmanas del África oriental, se asocia con la sunna —término que remite a las costumbres del profeta Mahoma—, interpretando erróneamente que el profeta recomendó una forma “leve” de circuncisión femenina (Gruenbaum, 2001). En el cristianismo copto de Egipto y en comunidades animistas de África subsahariana, también se vincula a la limpieza espiritual y a la preservación de la virginidad, valores considerados indispensables para la “santidad” de la mujer.Desde la perspectiva de Michel Foucault (1976), estas prácticas son ejemplos del ejercicio del poder biopolítico, donde el cuerpo es disciplinado para mantener un orden social. La mutilación no solo controla la sexualidad, sino que produce una forma específica de sujeto femenino: obediente, modesto y “moralmente puro”. Así, el poder religioso actúa en alianza con el poder patriarcal para sostener una estructura social donde la mujer se define por su capacidad de contener el deseo.
Judith Butler (1990) complementa esta idea al señalar que el cuerpo no es una realidad natural previa al discurso, sino un efecto del poder. Las normas religiosas, al imponer rituales corporales, generan lo que se entiende por “feminidad” dentro de una comunidad. En este sentido, la mujer mutilada no solo cumple una obligación religiosa, sino que encarna el ideal social de virtud y honor.
Por otro lado, estudios antropológicos, como los de Clifford Geertz (1973), ayudan a entender que las prácticas religiosas deben leerse en su contexto simbólico. En muchas comunidades africanas, la mutilación se vive como un rito de paso hacia la adultez, un acto de pertenencia colectiva. Sin embargo, cuando ese simbolismo se entrelaza con discursos religiosos que legitiman el dolor o la violencia, la frontera entre lo sagrado y lo opresivo se vuelve difusa.
La antropóloga Ellen Gruenbaum (2001), en su obra The Female Circumcision Controversy, sostiene que las MGF persisten no por la religión en sí, sino por la estructura social que las asocia con el honor, la limpieza y la aceptación comunitaria. En ese marco, la religión funciona como un lenguaje de legitimación: “No se mutila porque Dios lo exija, sino porque la sociedad lo ha divinizado”.
Hoy, múltiples líderes religiosos africanos reinterpretan los textos sagrados para desacreditar la práctica. En Egipto, la Al-Azhar University, máxima autoridad del islam sunita, ha declarado que la mutilación “no tiene fundamento en el Corán ni en la sunna”. Sin embargo, el cambio cultural avanza lentamente, pues el control del cuerpo femenino continúa siendo percibido como un deber moral y religioso.Las mutilaciones genitales femeninas en África representan un claro ejemplo de cómo la religión puede ser utilizada —más que para liberar—, para disciplinar el cuerpo y restringir la autonomía. Aunque su origen no sea estrictamente teológico, su permanencia revela el poder simbólico de lo sagrado en la regulación de la vida social.
El desafío actual radica en desmontar la justificación religiosa que las sostiene, sin negar la dimensión cultural y comunitaria que las reproduce. Como afirma Foucault, el poder no se impone solo desde arriba, sino que circula entre los cuerpos, las creencias y los discursos. En consecuencia, liberar el cuerpo femenino del control religioso implica también liberar el pensamiento de los mitos que lo consagran.
Bibliografía
Brown, P. (1988). The Body and Society: Men, Women, and Sexual Renunciation in Early Christianity. Columbia University Press.
Butler, J. (1990). Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. Routledge.
Foucault, M. (1976). Historia de la sexualidad I: La voluntad de saber. Siglo XXI Editores.
Geertz, C. (1973). The Interpretation of Cultures. Basic Books.
Gruenbaum, E. (2001). The Female Circumcision Controversy: An Anthropological Perspective. University of Pennsylvania Press.
World Health Organization (2024). Female Genital Mutilation: Key Facts. Geneva.
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